La felicidad es una de las palabras más repetidas en el contexto actual hasta el punto de que ser feliz parece un imperativo. Sin embargo, uno de los principales inconvenientes del lenguaje emocional es que puede ser utilizado de un modo equivocado.

Y esto es lo que ocurre en gran medida con la felicidad, una experiencia que como tal, trasciende al corazón. Y sin embargo, con mucha frecuencia se cosifica la felicidad como si fuese un producto de marketing propio de la llamada sociedad del bienestar en donde el valor de dicho bienestar está muy vinculado con el consumo.

Sin embargo, la felicidad no es una cosa, ni un objeto. Por tanto, nunca podremos conectar con ella desde esta perspectiva que es contraria no solo a la propia naturaleza de este estado de plenitud interior sino que también es contraria a la propia dignidad del ser humano que nunca debe ser tratado como un objeto.

La felicidad trasciende a los objetos

La cosificación de la felicidad conduce de un modo equivocado al materialismo de creer que la felicidad está acompañada siempre de la consecución de algún objetivo asociado a un bien material. Eso no significa que el consumo no pueda producir una felicidad determinada, sin embargo, no la produce cuando se convierte en norma. Es decir, cuando se convierte en la principal puerta de acceso a este estado de aparente plenitud.

Cosificar la felicidad es una forma de desnaturalizar un anhelo interior, una necesidad del alma que es connatural al ser humano desde que nace. Pero además, no es posible empaquetar este producto en un único formato ya que cada persona es única, cada historia es diferente. Por tanto, cada ser humano emprende con razón y corazón el camino en la dirección de una felicidad totalmente personalizada. Las cosas o productos son instrumentos que se utlizan como medio en servicio de un fin. Sin embargo, la felicidad no puede ser cosificada precisamente porque no es un medio sino un fin en sí mismo. Aquellos momentos en los que experimentas alegría interior no tienen una finalidad distinta que esa realidad inmanente.

Invertir en vivencias más que en objetos

La cosificación de la felicidad también es un error que conduce a un estilo de vida limitante. Y es que, la verdadera felicidad no nace del consumo de bienes materiales sino de la inversión de tiempo en experiencias vitales cuyo disfrute no se agota en un mero acto de consumo, sino que trasciende al propio tiempo en el que se produce esa experiencia.

Por ejemplo, el recuerdo de un viaje perdura en tu memoria tiempo después de haberlo realizado. La literatura, el cine y el arte son bienes que elevan el espíritu en una experiencia que no se puede delimitar en un lenguaje conceptual. La cosificación de la felicidad también nace de la obsesión por ella. Aprender a fluir con la vida es un aprendizaje que ojalá hayas alcanzado. Porque este punto es vital para estar presente en el instante. Un paso esencial para conectar con el ser presente que es imposible cosificar. Por esta razón, cada vez que conviertes la felicidad en un objeto, la rompes por completo. Te alejas de ella.

Cosificar a las personas

Estamos acostumbrados a clasfificar la realidad, sin embargo, existen formas diferentes de conocimiento, es decir, de acceso al ser de la vida. Desde el punto de vista vital, la historia personal de cada ser humano es tan rica en matices, detalles y vivencias que conviene ampliar la perspectiva para comprender que la vida tiene una lógica distinta. La razón es una fuente de conocimiento fundamental pero no la única para atender a lo real. ¿Y cuál es el verdadero problema de la cosificación de la felicidad? Que nosotros mismos corremos el riesgo de ser cosificados o de cosificar a otros. Así ocurre, por ejemplo, en relaciones de utilidad e interés en donde el otro es tratado únicamente como un medio.

La esencia de la felicidad es la libertad y la dignidad. Conceptos que nunca pueden ser empaquetados en papel de regalo. Una forma de acceso a este tipo de experiencia trascendental es el arte. Como por ejemplo, la literatura. Esto es lo que hace posible que un lector de nuestro tiempo pueda sentirse totalmente identificado con una obra que fue escrita hace siglos. El lenguaje de las emociones y los sentimientos conecta con lo esencial del ser humano.

Y por supuesto, el hecho de que la felicidad no se pueda cosificar da un mayor sentido de sabiduría al coaching. Una herramienta de conocimiento personal que cada cliente hace propia. A partir de ingredientes que son totalmente humanos: intuición, creatividad y sabiduría del corazón. En ninguna tienda podemos comprar esos recursos que son inherentes a nosotros mismos. Recursos con los que podemos hacer magia real. Y ahí está la verdadera felicidad.

 

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