Cosas que he aprendido gracias al coaching

Son muchas las cosas que me ha regalado el coaching de un modo directo o indirecto. Una de las primeras que descubrí como alumna fue que es un sector en el que es sencillo encontrar personas totalmente vocacionales que sienten auténtica pasión por lo que hacen. De hecho, existe una diferencia notable entre un coach de corazón y aquel que no lo es. El primero vive la felicidad como un valor en primera persona. Para un coach vocacional es un auténtico tesoro de vida ser consciente de que tiene la posibilidad de ser partícipe de historias de superación que son el mejor legado de esperanza para cualquier profesional.

El coaching me ha enseñado un lenguaje único, un discurso de optimismo enfocado en poner el punto de atención en lo posible como marco de realización en la vida. Es decir, he comprendido que como seres humanos, no solo debemos enfocarnos en quiénes somos ahora sino en quiénes podemos llegar a ser en potencia. De este modo, y desde mi lenguaje previo que fue la filosofía, también he entendido los nexos de unión constantes que existen entre ambas disciplinas puesto que ya Aristóteles habló sobre el ser en potencia.

Los regalos del coaching

El coaching me ha ayudado a contextualidad el mapa de mis pensamientos en un plan de acción concreto, específico y realista. Y desde mi punto de vista, este es un gran aprendizaje porque en muchos momentos pasamos grandes etapas enredados en pensamientos y reflexiones. El pensamiento nos aporta información, conocimiento e incluso, prudencia. Sin embargo, solo avanzamos en la vida cuando damos el paso a la práctica.

El coaching me ha enseñado que el rol del ser humano es ser protagonista de su historia. De una vida que solo se vive una vez y, por tanto, la apuesta por los sueños es un acto de responsabilidad ética. Un deber moral. A través de mi vivencia como alumna también aprendí que podemos encontrar manifestaciones de coaching en distintos ámbitos de la realidad, por ejemplo, en el cine. Un ejemplo de ello es la película Ratatouille.

He tomado conciencia de cómo nos definen nuestros pensamientos, de cómo el origen de un sentimiento desagradable está en una idea limitante. Ideas que en muchos casos, podemos decirnos con tanta frecuencia que llegamos a convertirlas en una segunda esencia.

El coaching me ha enseñado que la esperanza mueve el corazón de las personas y que la felicidad comienza en el mismo momento en el que una persona tiene un objetivo, se ilusiona con él y lucha por alcanzarlo. La felicidad también se alimenta de la visualización de la misma.

He aprendido que el mapa no el territorio. Hay muchos más caminos. Que la rutina puede llegar a ser una zona de confort mal entendida cuando se convierte en estancamiento. Que no hay edad para cumplir sueños sino vida para generar nuevas posibilidades. La suerte no es un concepto del azar sino una semilla que cada persona comienza a generar a través de sus acciones.

El coaching me ha aportado una metodología que me ha ayudado a poner en perspectiva muchas de las actitudes que tenemos en la vida personal. Por ejemplo, he comprendido que el mejor modo de ayudar a un amigo no siempre es un consejo. A veces, la clave reside en una pregunta. A través del coaching también he entendido la importnacia de la PNL en tanto que nos impulsa a modelar actitudes que nos ayudan a crecer como personas.

 El coaching me ha recordado en cada experiencia que la libertad es el eje central, la fuerza motriz de la voluntad. Y como tal, el ser humano tiene un potencial ilimitado. Sin embargo, en muchas ocasiones, somos nosotros mismos los que nos estancamos en los miedos. Porque el principal temor es el miedo al miedo que se convierte en una excusa para no alimentar sueños.

El coaching me ha enseñado que una pregunta puede poner luz en la vida de una persona dependiendo de dónde pongas el foco, o por el contrario, puede generar un sufrimiento innecesario si llevas el interrogante al punto equivocado. El coaching, al igual que la filosofía, es un bien necesario para una sociedad en transformación que se hace preguntas constantemente.

El coaching al igual que la filosofía, me ha reafirmado en la actitud de valorar el ser más allá del tener. Ambas disciplinas han despertado en mí la curiosidad por buscar la profundidad más allá de lo superficial porque la felicidad no se alimenta de apariencias. He comprendido que la perspectiva de estar presente y consciente es la mejor actitud de realización.

Sin embargo, más allá del ideal, he entendido que este ideal no debo interpretarlo como un perfeccionismo sino como una meta hacia la que avanzar. Es decir, creo que la verdadera meta del ser humano no es no tener miedo sino crear recursos personales para afrontarlo y reducirlo.

Muchas gracias por visitar, una semana más, el blog de Crearte, tu escuela de coaching. Alimenta tus sueños y vive tu realidad. ¡Felices vacaciones!

 

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