No había tenido nunca tan claro el propósito como hasta ahora.
Siento que ahora el Para Qué cobra sentido. Pero ha sido un camino muy largo, pues no sabía claramente cuál era mi propósito durante la mayor parte de mi vida.
Han sido muchos años estando en trabajos en los que no era feliz y en los que no tenía esa plenitud o que no sentía una conexión clara y directa con esos valores que uno va descubriendo como suyos, y que nos explican que son la brújula que marca tu camino, con los que te encuentras alineado, y te encuentras en paz. Recuerdo que me decían hace muchos años que estudiase Económicas, que era una carrera con muchas salidas y con la que podías ganarte muy bien la vida.
Una vez acabé la carrera, empecé trabajando en sitios muy serios, donde las personas hablaban muy poco entre ellas y en donde era difícil mostrarte tal cual eres porqué había que estar muy serio y bien puesto, ser muy eficiente y responder de forma correcta y esperada.
Allí sentía que faltaba algo auténtico, esas cosas que te mueven por dentro y que te tocan el corazón, y que te dan una satisfacción que muchas veces no puedes explicar con palabras, pues son sentimiento y emoción, y que no era otra cosa que estar cerca de la persona, verla reír, y decirle cosas que la hicieran sentirse muy bien. Pero seguía y seguía en esos trabajos, pensando que no me adaptaba, pues me sentía mal y me sentía gris por dentro, sin ser consciente de que estaba viviendo sin propósito, pues no sabía cuál era. Había que aguantar, aunque te encontrases mal, para no defraudar a nadie.
Recuerdo que, desde muy jovencito, cuando tenía 20 o 22 años, cuando estaba cerca de las personas y las hacía brillar, o que se sintieran especiales y únicas, me entraba un cosquilleo por dentro, como cuando en la película de Billy Elliot le preguntaba un jurado a Billy que sentía cuando bailaba y él respondía que sentía electricidad. Era como si todo tuviese sentido, y el Universo, Dios, estuviese ahí en medio.
Desde esa época sentía que estar cerca de las personas en los voluntariados era como estar en el camino correcto, el camino en donde al final de todo hay un faro luminoso, en el que la bombilla grande va dando vueltas y vueltas, pero que nunca se apaga, y nunca deja de iluminarte. Pero aun sintiéndolo de esa forma, no era consciente de que mis valores no estaban alineados con lo que estaba haciendo cada día y con lo que estuve haciendo tantos años.
Y seguían pasando los años y empezaban a aparecer las canas, y ese malestar continuo, mirando día tras día la hora en el reloj de la pared del trabajo, o en el reloj del ordenador del trabajo, la hora que marcaba el que ya habías acabado otra jornada laboral más, y ya podías irte a casa con ese malestar crónico en la mochila.
Con el tiempo y pasados los 40 años empecé a ser consciente de que eso no era lo que quería para toda mi vida, y me daba miedo el visualizarme cumpliendo los 65 y jubilándome sin alegría, sin propósito, y echando la mirada para atrás y pensando que no había sido feliz, y que no valió la pena.
Ese pensamiento y sensación me atizaban por dentro. Entonces empecé a buscar, y a buscar, y había que empezar a dar pasos y tomar acción, y me inscribí a estudiar auxiliar de enfermería porqué pensaba que sería una manera de ir dando forma al Para Que, y de estar más cerca de las personas, de una forma relativamente posible.
Poco a poco, y no sé cómo, pero empezaba a darme cuenta que de alguna manera acabaría encontrando el modo de que mis valores estuviesen alineados con lo que quería hacer. Y ese camino luminoso que quería encontrar quizá no estaba tan lejos como yo pensaba.
Después de 30 años, y después de que me despidieran de la empresa hace unas semanas, este mes de enero empieza ese camino luminoso, un camino que empezó formándome como coach hace casi un año cuando conocí a Crearte, que fue como ese lugareño que te encuentras en el camino y te guía para que sigas recto sin desviarte hacia las rocas.
Un camino en donde seguro que encontraré, y ya he encontrado, zarzas, piedras y pedruscos, y un montón de nubes en el cielo, hasta aguaceros, pero sabiendo que voy por la senda correcta, esa senda del corazón en donde seguiré aprendiendo de personas maravillosas, y acompañaré a otras también personas maravillosas, con las que estaré un pequeño tiempo, acompañándolas y dándole ese abrazo invisible que damos en el coaching, y que acabarán viendo ese brillo destellante que llevan dentro de ellas.
El haberme formado como coach ha sido dar forma y sentido al Para Qué, que es el propósito de acompañar a las personas y estar junto a ellas, y ha sido el descubrir y el darme cuenta de que mis valores están alineados con lo que he empezado a hacer, y con lo que quiero hacer en adelante. Y me visualizo con 65 años y me digo que sí valió la pena.
Samuel Jiménez desarrolla su proyecto de acompañamiento emocional desde el coaching, ofreciendo espacios de escucha, claridad y reconexión con los valores y el propósito vital de cada persona.